Omar Vázquez Sánchez
Horacio F. Sánchez Pulido
Ayer, 5 de octubre, se cumplió un mes del fallecimiento de Robert Alexy. Su muerte cierra una de las trayectorias académicas más influyentes del derecho contemporáneo. Durante más de cuatro décadas, desde su Teoría de la argumentación jurídica de 1978 hasta su influyente libro de 1992, El concepto y la validez del Derecho, pasando por su notable Teoría de los derechos fundamentales —en la cual desarrolló la teoría de los principios como mandatos de optimización y la tesis de la ponderación como metodología para resolver conflictos entre principios constitucionales—, Alexy redefinió buena parte de la manera en que entendemos el derecho. Esta arquitectura teórica se convirtió, con el tiempo, en vocabulario cotidiano de nuestros tribunales constitucionales y de nuestra cultura jurídica.
Fue en Génova, Italia, donde tuvimos la oportunidad de conocerlo directamente. De esa experiencia nació una convicción: Alexy debía estar en Tlaxcala. No era un propósito ingenuo. Sabíamos que invitar a uno de los grandes teóricos del derecho requería gestión, respaldo institucional y, sobre todo, que el anfitrión fuera lo suficientemente relevante para atraer su atención. Aquí contamos con aliados decisivos. El entonces Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx), Luis González Placencia, creyó en el proyecto y comprendió su significación. El Dr. Serafín Ortiz Ortiz, entonces Director Científico del Centro de Investigaciones Jurídico-Políticas (CIJUREP) de la UATx, fue el puente institucional que hizo posible lo que parecía ambicioso: llevar a Alexy a nuestras aulas. Y, sin duda, la amistad y la solidaridad de dos grandes amigos, Gonzalo Villa Rosas y Alessio Sardo, contribuyeron decisivamente para que, finalmente, Alexy estuviera en Tlaxcala.

Para uno de nosotros, Horacio, cuyo vínculo había comenzado un poco antes durante sus estudios doctorales, donde tuvo la oportunidad de asistir, en diferentes momentos, a su curso Law, Rights & Argumentation. Aquellas clases permitieron conocer al autor detrás de los libros, pero fueron también las conversaciones posteriores —algunas alrededor de una mesa, durante comidas y cenas compartidas— las que hicieron posible descubrir una personalidad mucho más cercana de lo que podía sugerir la precisión casi geométrica de su obra. Por eso, cuando surgió la posibilidad de tenerlo en Tlaxcala, no se trataba únicamente de invitar a uno de los filósofos del derecho más importantes de nuestro tiempo, sino de compartir con nuestra comunidad universitaria a un profesor cuya generosidad intelectual habíamos conocido personalmente. Omar, entonces Secretario Académico de la Facultad, vivió también aquellos días desde la responsabilidad universitaria y desde una profunda cercanía académica con el pensamiento de Alexy. De alguna manera, la visita de 2019 hizo coincidir en Tlaxcala caminos intelectuales que habían comenzado mucho antes y a muchos kilómetros de aquí.

El 24 de mayo de 2019, la UATx, en sesión pública y solemne del Honorable Consejo Universitario, le impuso el grado de Doctor Honoris Causa. Ante dos mil personas provenientes de distintas regiones de México, Alexy desplegó algo que no se encuentra en sus libros: la humanidad del pensador. Se movía en el auditorio con una soltura que contrastaba con la imagen de severidad que podía sugerir el extraordinario rigor de su obra. Explicaba su sofisticada arquitectura conceptual con pizarrones llenos de fórmulas y diagramas. Respondía pacientemente cada pregunta, como si cada interrogante mereciera ser examinada con toda seriedad. No se refugiaba en la erudición; al contrario, parecía necesitar del diálogo para dar vida a sus ideas. Fue presenciar la excelencia intelectual humanizándose en tiempo real. Cuando terminó, la ovación fue genuina: no era solamente reconocimiento al profesor, sino gratitud por haber compartido sus reflexiones de manera tan generosa. Por ello, dos mil personas de pie le aplaudieron.

La visita de Alexy dejó también una huella que trasciende el recuerdo personal. Para quienes entonces se formaban como juristas, y para quienes ya ejercían la docencia, la investigación o la práctica del derecho en Tlaxcala, escuchar directamente sus ideas significó acercarse, sin intermediarios, a uno de los debates jurídicos más importantes de nuestro tiempo. Como ha ocurrido con otros grandes pensadores que han visitado estas tierras, su presencia contribuyó a ensanchar los horizontes de nuestra comunidad jurídica y universitaria, recordándonos que desde Tlaxcala también es posible dialogar con las grandes corrientes del pensamiento jurídico contemporáneo.
El profesor Alexy era un conversador excepcional, capaz de transitar desde los tecnicismos más áridos del derecho constitucional hasta reflexiones filosóficas sobre la pintura, la cultura o la vida misma con igual curiosidad y pasión. Poseía, además, un sentido del humor agudo, muchas veces dirigido hacia sí mismo, con una ironía seca e inteligente que aparecía inesperadamente en medio de una conversación.
Una tarde, caminando por el centro de Tlaxcala, al entrar a la majestuosa plaza de toros, Alexy descubrió una atracción turística: un toro de fibra de vidrio de dimensiones reales, con una muleta esperando a los visitantes. Sin dudarlo, tomó la muleta y se colocó en pose de torero. Le preguntamos qué era ahora. Alexy sonrió con ese brillo en los ojos que aparecía cuando la ironía se apoderaba de él: “Alexy es filósofo, jurista, militar, coleccionista de arte y ahora —Bullfighter”. Era su manera de recordarnos que la vida no se reduce a aquello que los títulos proclaman, que había espacio para la risa, para sorprenderse y para vivir.

Y era profundamente sociable. Disfrutaba genuinamente de la compañía, de las celebraciones y de los momentos compartidos fuera de las conferencias formales. En su buen ánimo había una lección implícita: la vida intelectual no es incompatible con la alegría humana; acaso encuentra en ella una de sus expresiones más auténticas.
Hay otra imagen de aquella visita que hoy adquiere para nosotros un significado distinto. Durante su estancia recorrimos con Alexy el Palacio de Gobierno de Tlaxcala y contemplamos los murales de Desiderio Hernández Xochitiotzin. Su afición por el arte hizo que aquella visita dejara pronto de ser un simple recorrido turístico. Observaba, preguntaba y se detenía frente a las escenas con auténtica curiosidad. Nos tomamos varias fotografías allí, entre los colores, personajes e imágenes con las que el muralista narró una parte esencial de la historia de Tlaxcala.
Durante su investidura, Alexy recibió también como obsequio una máscara de huehue, una de las expresiones más reconocibles de la identidad cultural tlaxcalteca. Tiempo después supimos, por personas cercanas a él, que aquella máscara había encontrado un lugar en uno de los muros de su estudio privado. Es imposible saber qué pensamientos acompañaban a Alexy cuando la miraba; pero cuesta considerar irrelevante que, entre tantos libros, objetos y recuerdos acumulados durante una vida académica extraordinariamente viajada, hubiera reservado un espacio para algo llevado desde Tlaxcala.
Nos gusta pensar que aquella máscara fue también una pequeña forma de permanencia: un fragmento de esta tierra que viajó con él y que, de algún modo, permitió que Tlaxcala permaneciera también en su memoria.

En aquella visita, además hubo un gesto que trascendió el ámbito estrictamente universitario. En sesión solemne de Cabildo, el Ayuntamiento de Tlaxcala entregó a Robert Alexy las llaves de la ciudad, una distinción reservada para ocasiones especiales y que simbolizaba, como entonces se expresó, abrirle las puertas para hacerlo sentir en casa. Alexy comprendió bien la profundidad del gesto. Al agradecer recordó otra ocasión en que había recibido unas llaves, en Jerusalén, y señaló que una distinción así no significaba únicamente recibir un objeto, sino también la convivencia con la gente que lo entregaba. Quizá esa idea resume de manera especialmente afortunada su paso por Tlaxcala: no vino solamente a exponer una teoría ni a recibir reconocimientos; vino a encontrarse con una comunidad, a conversar con ella y, durante aquellos días de mayo de 2019, a formar parte de esta tierra.

Lo que ahora comprendemos es que en Alexy convivían perfectamente dos cualidades que solemos imaginar como excluyentes: el rigor académico de quien dedica su vida a refinar conceptos con precisión casi quirúrgica y la vitalidad de quien comprende que el pensamiento cobra pleno sentido cuando se comparte con otros. No era una contradicción en él, sino una armonía.

Tlaxcala fue testigo de esa lección: que un jurista puede ser riguroso sin ser frío; que detrás de una teoría construida con fórmulas, principios y argumentos puede existir también una enorme capacidad para escuchar, sorprenderse y disfrutar; y que la excelencia académica encuentra uno de sus sentidos más profundos cuando se entrega generosamente.
Robert Alexy nos lo demostró con sus libros, con su presencia y con su vida. Y quizá por eso, ahora que ya no está, una máscara de huehue colocada durante años en algún muro de su estudio adquiere para nosotros un significado que entonces no alcanzábamos a comprender del todo: también los grandes pensadores guardan lugares, imágenes y afectos. Nos reconforta pensar que, entre los suyos, hubo un pequeño espacio reservado para Tlaxcala.


